CUENTOS Y FÁBULAS: "Fantasmas de guerra"


 

Esta historia sucedió en tiempos lejanos, en uno de esos pueblos atemporales y tranquilos donde nunca ocurre nada excepcional y sus gentes se entremezclan sin añadir nuevas amistades a los círculos sociales, excepto cuando un nuevo nacimiento daba una dosis  de novedad y contrarrestaba las defunciones de los venerables ancianos.
Era un pueblo que vivía del cultivo de todo tipo de hortalizas y cereales, que eran el suministro principal de toda su población, aparte de algo de ganado vacuno mantenido  por dos de las familias. Estas buenas gentes lo tenían todo para su supervivencia básica y no necesitaban de fuentes externas. Ello, unido al  hecho de que se trataba de un pueblo un poco aislado debido a su lejanía de otros pueblos y urbes, creaba una  falsa burbuja que hacía que las personas que en él habitaban, desconocieran casi por completo asuntos importantes  de la evolución del mundo en lo referente a los  asuntos políticos  y sociales de la época. He de decir también, que en este pueblo no existía el dinero, y por lo tanto, la economía se basaba en el intercambio de bienes, comida y servicios entre los propios habitantes. Esta exclusión del mundo en general, era un arma de doble filo, porque por un lado, otorgaba  esa serenidad aparente de aquel que vive a salvo en un limbo eterno e inmutable, pero por otro lado ese mismo aislamiento implicaba el desconocimiento de las cosas que ocurrían en el mundo, las cuales en un momento dado podrían arremeter contra ellos sin previo aviso y previsión.
 

Estaban a merced de la tiranía de un mundo del que, en parte, dependían, pero sin embargo desconocían sus reglas.

Un día cualquiera, a la cantina del pueblo llegó un joven forastero con intención de tomar un refrigerio. Hacía ya demasiados años que ningún forastero pasaba por allí.

 "Que le trae por aquí señor?" –preguntó el cantinero mientras observaba al extraño tomando su jarra de cerveza fría.

"Vengo de un lugar lejano con un mensaje real para el conde y a una ciudad cercana me dirijo con la intención de entregárselo lo antes posible, pero me he extraviado en el camino, y aquí he venido a parar."
Cabizbajo, demacrado y sin dar pie a nuevas preguntas, terminó su refresco y se dispuso a marcharse.
Cuando ya se disponía a salir por la puerta de la pequeña taberna, de manera completamente inesperada, dio  media  vuelta y pronunció las siguientes palabras: - “ Se asoman tiempos de guerra; son asuntos  secretos y no puedo decir mucho más. Es posible que este pueblo y sus  tierras, puedan ser  en algún momento reclamadas por el señor de este condado. Pero eso  no sería lo peor. Tropas bárbaras y violentas también reclaman estas tierras y tierras vecinas. Estos guerreros no tendrán clemencia y arrasarán con sus  casas, sus  cultivos y todo lo que esté a su paso. Espero que informe de esto a las gentes del pueblo; sean cautos y tomen las debidas precauciones”.

Dio media vuelta y se marchó del lugar, a penas habiendo observado un atisbo de la cara estupefacta e impactada de su interlocutor, que no obtuvo atención suficiente como para responder a tal exposición.
 
 
No hacía ni un momento que el forastero había salido por la puerta cuando el cantinero se vio corriendo por todo el pueblo con la intención de hacer conocedores a todos  sus habitantes de la fatídica  noticia. Fue corriendo la voz  por todas las casas y todos los comercios del pueblo, creando una  gran agitación y un gran terror.- “¿Cómo podía ser?”- Se preguntaban los aldeanos- “¿ que podemos hacer? Que quiso decir el forastero cuando habló de tomar precauciones? Simplemente estamos  a merced del destino, y no hay precauciones que nos puedan salvar si esto ocurre…”
 
La gente comenzó a imaginarse las hipótesis mas violentas y descabelladas:  caballos arrasando sus campos, guerreros prendiendo fuego a las casas, hombres robando sus  cosechas y echándoles de su pueblo, gentes llevándose a sus  niños…en fin, todo tipo de suposiciones aterradoras provocadas por la traicionera imaginación, fruto del misterio y la incertidumbre derivados su parcial aislamiento de la civilización. El pueblo se inundo de una atmósfera de pánico de tal magnitud, que era difícil oír  hablar de otra cosa que no fuera el futuro fin de su perfecta armonía rural. Incluso aquellas personas escépticas e incrédulas, albergaban en su fuero interno un terror  oculto que tenía carta blanca para ser del todo perverso, cuando se daba aplicación  al beneficio de la duda. -“¿Y si fuera cierto lo que ha dicho el forastero?”- se preguntaban cuando eran poseídos por un atisbo de debilidad.
La solución inmediata fue la de recoger todo lo que de la tierra podía ser recogido en esa época de la cosecha y guardar los  víveres para poder sobrevivir un tiempo si tenía lugar la desgracia esperada. Además, se esconderían en el bosque dando a entender que la aldea estaba abandonada. Los bárbaros pasarían, pero no podrían llevarse lo que llevaban tanto tiempo cosechando, ni podrían dañar a sus familias. Los comerciantes se obcecaron en su producción propia y tenían miedo hasta de intercambiarla por otros  bienes. El fabricante de pan se vio arruinado, porque las gentes del pueblo consideraron el pan como un artículo prescindible y se centraron en el intercambio de hortalizas y alimentos básicos. El ganadero se retractó de intercambiar su carne, porque consideró que las reservas animales eran más duraderas y podrían aprovisionar a su familia durante más tiempo.

 

Los aldeanos ya no acudían a la cantina porque la bebida se convirtió en otro elemento que ya no podían permitirse.
Esperaban a que pasara la tormenta. Esperaban la llegada inminente de los bárbaros devastadores de tierras, que después de transcurridas varias semanas no hicieron acto de presencia, y esta ausencia creaba más terror e incertidumbre, que eran si cabe, más peligrosos que cualquier invasión real.
 
Al cabo de unos  meses, el pueblo estaba sumido en una  crisis  tan profunda, que casi amenazaba con dejarles sin alimento en un corto periodo de tiempo. Al dejarse de cosechar, el ganado a penas tenía alimento de calidad y comenzó a decaer su salud. La gente vivía tan solo de las reservas vegetales, ya que toda la producción había cesado. Varios comercios se vieron sin clientes, como el panadero, el boticario, el cantinero, el herrero y todos los servicios de reparación y construcción, que  tampoco eran considerados imprescindibles. Estas personas tenían que alimentarse y ofrecieron todo cuanto poseían  en lo referente a utensilios de trabajo a cambio de comida, por lo que sucumbieron a la ruina ineludible. Para el tercer mes, todo el pueblo se hallaba en una escasez de recursos total, e incluso las 6 familias agrícolas que tenían más provisión de alimento para intercambiar, se hallaban pobres en existencias.
 
El pueblo estaba pasando calamidades, pero sin embargo, esa temida invasión, aun  no había llegado.

Sumidos en la desesperación  y comprendiendo el  error  cometido por haber puesto  en peligro su  supervivencia por un  rumor y  esperando una amenaza que aun no era visible, salvo en su imaginación, decidieron recuperar  su  economía y volver a la vida normal, a merced de lo que eventualmente  pudiera traer el destino. De esta manera se arriesgaban a ser invadidos de manera  repentina, pero esa situación no sería peor que la que estaban sufriendo con esta crisis generada por ellos mismos y su propio miedo.

 
Lo primero que harían sería restaurar  el cultivo de las tierras. Esto llevaría tiempo y a penas tenían alimentos para esperar al momento de la recogida, pero era la única opción posible. Tenían que vivir de las provisiones de esas 6 familias agrícolas y con esas  provisiones debían alimentar a todas las familias de la  aldea. Comprendieron  que para levantar la economía del pueblo, no podían dejar a las familias que no son productoras de víveres en la estacada, porque entonces morirían de hambre y eso sería la decadencia total del pueblo. Comprendieron que para la supervivencia de todos, estas familias debían racionar la escasa  cantidad de alimentos y venderla de nuevo bajo el sistema de intercambio de productos y servicios. Así se  reanudó la actividad de la panadería, el herrero, el constructor, el sastre  y todos  aquellos que habían quebrado. Se volvieron a requerir  sus servicios a cambio de víveres para la subsistencia. Eso si,  la  escasez  obligaba a que por la misma cantidad de trabajo, la entrega de alimentos fuera  menor. Esto hoy en día, significaría la subida de precios que tiene lugar cuando hay escasez de recursos. Esta era la única solución posible  hasta la nueva recogida de arroz, cebada, avena, trigo, y otros cereales, frutas y hortalizas que se podían ir cosechando por temporadas.


Las plantaciones fueron madurando y después de 6 meses, pudieron empezar a practicar la recogida de casi todas  las especies de cereales y verduras. El ganado tuvo alimentos de calidad y esta riqueza de recursos restaurada, devolvió la  economía  y la prosperidad  al pueblo.

La buena administración de los recursos, puede superar  cualquier crisis, pero ahora la población debía evitar que otra situación absurda como la que habían vivido, volviese a ocurrir.
Como cabe esperar, esta invasión bárbara, esta guerra o esta  amenaza nunca llegaron a hacerse realidad.

En respuesta al error cometido, a partir de entonces el pueblo decidió abrirse al mundo para poder investigar las verdades a través de la comunicación con otras sociedades y obtener así información fidedigna proporcionada por las mismas. Después de mandar a varios hombres a los pueblos  y ciudades cercanos, para traer al pueblo las noticias más importantes del mundo exterior, del que antes estaban totalmente  aislados, descubrieron q las amenazas de guerra  y conflicto abundaban por todas partes. En todos los pueblos y ciudades donde hay comunicación reciproca, las amenazas de problemas, crisis y guerras   son los centros de conversación de la mayoría de las reuniones sociales. Descubrieron que eso siempre fue  así a lo largo de la historia, y que siempre así tendería a ser. Se dieron cuenta de que algunas gentes caen en la debilidad de ser portadoras de noticias y rumores, sobre todo cuando son alarmantes. También  descubrieron, para su asombro, que la mayoría de las amenazas rara vez se  convertían en realidad y no eran si no estrategias de los señores de las tierras para mantener a la población controlada y sumisa.
 
Los habitantes entonces, aprendieron la siguiente lección:

 


"NO EXISTE ARMA MÁS VALIOSA PARA EL SER HUMANO QUE LA FORJADA POR LA COMUNICACIÓN CON EL MUNDO QUE LE RODEA. EL MIEDO Y LA DESTRUCCIÓN SIEMPRE SON PRECEDIDOS POR EL DESCONOCIMIENTO"


 

 

 
 

 

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